
Érase una vez un anciano con una vida llena de aventuras y siete hijos. Los siete eran valientes jinetes, un pilar de fortaleza para el pueblo y protectores de su tierra natal. Aparentemente, eran tiempos difíciles, llenos de hostilidad e incursiones.
Un día, sin aliento por la prisa, llegó un mensajero con la noticia de que un ejército enemigo ya había llegado a la frontera. Los siete hijos del anciano se vistieron con sus frías y relucientes armaduras y partieron al encuentro del enemigo.
El enemigo también demostró ser fuerte y estar bien armado. Una sangrienta batalla estalló entre ambos bandos. Los siete hermanos, reuniendo a su gente y marchando en defensa de su tierra natal, lucharon hombro con hombro contra el enemigo, mostrando un valor sin precedentes en la batalla. Lograron detenerlo. Pero en esa batalla, los siete murieron heroicamente.
La triste noticia llegó a su anciano padre. Su dolor, tras haber perdido a siete hijos a la vez, era inmenso. Nada lo consolaba; su alma estaba consumida por la angustia. Pasaron los días, los meses, pero la imagen y el carácter de cada uno de sus hijos revivían en la memoria del anciano una y otra vez, y este dolor lo atormentaba. Finalmente, cuando su paciencia se agotó y su corazón ya no pudo soportar el sufrimiento, un día fabricó un instrumento musical y, en memoria de sus siete hijos, le puso siete cuerdas.
Recordando el carácter y las costumbres de cada hijo, el anciano creó siete kuis. Atesoró estas siete melodías como si fueran sus propios hijos, encontrando consuelo en ellas por el resto de sus días.
Así, según la leyenda, nació el instrumento zhetigen. Y siete kyuis, compuestos por el anciano en memoria de sus hijos, se extendieron por la estepa bajo los nombres de "Karagym", "Kanat sonar", "Ot soner", "Baqyt koshti", "Kun tyldy", "Kusa" y "Shamyrkan".