
A veces, la verdadera modernidad no comienza con una nueva imagen, sino con una nueva perspectiva sobre lo antiguo. Esta es precisamente la sensación que deja la exposición "Tangbaly: El Código de los Ancestros", inaugurada en el Museo Nacional de Arte Abylkhan Kasteyev de Almaty. Este proyecto no funciona como una exposición museística convencional, donde el pasado se exhibe cuidadosamente bajo vitrinas y se acompaña de textos explicativos, sino como un intento de devolver a las imágenes antiguas su voz: no la de un museo o un yacimiento arqueológico, sino la de una persona viva y auténtica.
Organizada por la Reserva-Museo Estatal Histórico, Cultural y Natural de Tanbaly con el apoyo del Ministerio de Cultura e Información de la República de Kazajistán, la exposición plantea desde el principio un debate más amplio. Aborda no solo los petroglifos como un monumento único del pasado, sino también cómo el patrimonio cultural puede coexistir en el mundo visual actual sin perder su autenticidad ni convertirse en un mero telón de fondo decorativo. La exposición combina fotografías, objetos de arte, soluciones multimedia, elementos de inteligencia artificial, proyección holográfica 3D y navegación digital. Sin embargo, su esencia no reside en el efecto tecnológico, sino en la idea de acercarse con cuidado a la fuente original.
El título de la exposición proporciona la clave para su interpretación. Aquí, Tangbaly aparece no simplemente como un paisaje arqueológico, sino como un código ancestral único: un sistema de signos que preserva la antigua comprensión humana del mundo, la naturaleza, el ritual, la memoria y el cosmos. En este sentido, la exposición invita al espectador no tanto a mirar como a observar con atención. No tanto a recibir información, sino a adentrarse gradualmente en un espacio donde la imagen deja de ser muda.
Para el fotógrafo Vladislav Kim, autor de la interpretación del proyecto de la exposición, este trabajo no comenzó como una estrategia artística precalculada, sino como una experiencia interna de encuentro. Al hablar de Tangbaly, no utiliza el lenguaje de las impresiones externas, sino el de un reconocimiento casi físico. Según él, durante mucho tiempo no percibió los petroglifos como objetos artísticos, hasta que un viaje le produjo lo que describe como un punto de inflexión interno. En Tangbaly, recuerda el artista, la imagen pareció surgir por sí sola, como antaño ocurría con el cine. Fue entonces cuando sintió que el antiguo símbolo podía contemplarse con nuevos ojos, no como un detalle arqueológico, sino como una imagen visual independiente.
Esta idea es fundamental para toda la exposición. El proyecto no pretende explicar la antigüedad a través de la modernidad. Al contrario, se necesita un lenguaje artístico contemporáneo para acceder al original mismo. Kim subraya que es crucial para él «no alterar la originalidad del petroglifo ni un solo píxel». No modifica la forma del dibujo, no interfiere con las líneas ni completa la imagen, sino que trabaja con la luz, la superficie, el color y la textura de la piedra para permitir que la imagen emerja. Esta es una de las mayores fortalezas del proyecto: no imita el arte antiguo, sino que intenta aprender a verlo. Vladislav Kim lo expresa sin rodeos. Para él, un petroglifo es importante no como una «imagen estática», sino como una imagen capaz de dialogar con el espectador. Y quizás por eso la exposición se percibe menos como una colección de objetos y más como un espacio para un diálogo pausado. Gran parte de la obra se basa en la pausa, la atención y una conexión interna con la imagen. La piedra, generalmente percibida como una superficie muda, comienza a funcionar como portadora de memoria.
Igualmente importante es el entorno del que surgen estas obras. Filmar en Tangbaly, según la artista, requiere no solo preparación técnica, sino también una resistencia casi física: viento, frío, escasez de agua, terreno difícil, la necesidad de esperar horas para conseguir la luz adecuada y, a veces, regresar al mismo lugar varias veces. Pero el sol se convierte en un colaborador clave en este trabajo. El ángulo de la luz, su precisión y la brevedad del momento determinan si un petroglifo se revelará o permanecerá oculto en las sombras. A veces, dice Kim, de cien fotogramas, solo queda uno. Este detalle es importante no solo como reflejo de las dificultades de la filmación. Ella explica la naturaleza misma de la exposición: lo que vemos aquí no es un producto visual rápido, sino el resultado de un escrutinio prolongado y un trabajo casi ascético con el material. Al mismo tiempo, el proyecto se sitúa conscientemente en la frontera entre lo material antiguo y la tecnología moderna. La exposición utiliza formatos multimedia y herramientas de inteligencia artificial, pero incluso en este ámbito se adopta una importante precaución. Kim aborda estas decisiones con suma cautela. Reconoce que las herramientas digitales pueden aumentar el interés, especialmente entre el público joven, pero advierte del peligro de la sustitución. Si el espectador empieza a percibir el petroglifo como un producto del procesamiento tecnológico, se pierde lo más importante: la autenticidad. Por lo tanto, la IA no actúa como autora, sino como una delicada intermediaria, que contribuye a enriquecer el contexto sin alterar la esencia del objeto. Es en este punto donde el tono artístico de la exposición conecta con su marco internacional más amplio. En su discurso de apertura, Philippe Delange, Delegado Regional de la UNESCO para la Cultura, definió el arte rupestre como un «código» y un «lenguaje» que transmite ideas sobre la vida cotidiana, el medio ambiente, las tradiciones chamánicas y los sistemas de creencias. Esta formulación coincide notablemente con la lógica subyacente de la exposición. Tangbaly no es simplemente un lugar donde se conservan imágenes antiguas, sino un espacio donde el pasado se plasma en signos que siguen hablando al presente.
Delange también destaca la magnitud del sitio. El Paisaje Arqueológico de Tangbaly fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2004 e incluye aproximadamente 5000 petroglifos, así como asentamientos y cementerios, que en conjunto dan testimonio de la vida, los rituales y la organización social de las comunidades nómadas desde la Edad del Bronce hasta principios del siglo XX. Pero su discurso va más allá de la mera información histórica. Mucho más significativo es otro aspecto: los sitios del Patrimonio Mundial no son simplemente lugares de memoria, sino espacios vivos de conexión, creatividad y transformación, especialmente relevantes para las generaciones más jóvenes. En este sentido, la exposición en Almaty no se convierte en un complemento secundario del monumento, sino en una parte importante de su biografía cultural contemporánea.
El momento elegido para el proyecto también le confiere un impacto particular. Como señaló el representante de la UNESCO, la exposición coincidió con la aprobación del Plan Integral para la Salvaguardia y Promoción del Patrimonio Cultural, bajo los auspicios de la UNESCO y la ISESCO para el período 2026-2028. Sus objetivos incluyen mejorar la calidad de la protección de los sitios del Patrimonio Mundial, ampliar la participación pública en su conservación, desarrollar la formación profesional y utilizar enfoques modernos para la conservación y la restauración. En este contexto, la exposición "Tangbaly: Código de los Ancestros" se percibe no solo como un evento artístico, sino también como parte de un movimiento más amplio para repensar el papel del patrimonio en la vida pública.
Pero quizás el principal efecto de la exposición reside en otro lugar. Elimina la distancia habitual entre lo "antiguo" y lo "moderno". El patrimonio suele existir como algo importante pero distante, casi inaccesible en la experiencia cotidiana. Aquí, regresa al espacio cultural contemporáneo, no como una atracción o una estilización museística, sino como un sistema vivo de imágenes que aún tienen el poder de evocar una respuesta interior. Kim afirma que los espectadores a menudo encuentran significados personales, experiencias e incluso respuestas a preguntas internas en estas imágenes. Y aquí reside, quizás, el principal secreto del proyecto: no nos obliga a ver los petroglifos como un «patrimonio obligatorio», sino que nos permite descubrir en ellos una experiencia que aún puede descifrarse.
Por lo tanto, «Tangbali: Código de los Ancestros» no es simplemente una exposición sobre el pasado. Es una exposición sobre cómo el pasado transforma su presencia en el presente. Trata sobre cómo la autenticidad no implica necesariamente inmovilidad. Trata sobre cómo la memoria cultural puede ser no solo objeto de protección, sino también una forma de diálogo artístico contemporáneo. Y quizás este sea precisamente su mensaje más importante: la antigua piedra no permanece en silencio. Sigue hablando, si se ha encontrado el lenguaje adecuado para ello.