
El ballet kazajo es cada vez más reconocido en los principales escenarios mundiales, lo que demuestra el alto nivel de su cultura nacional y sus habilidades interpretativas. Las actuaciones de artistas kazajos en el extranjero se están convirtiendo en algo más que simples giras, y forman parte de un diálogo cultural en el que la tradición clásica se encuentra con el reconocimiento internacional.
El solista principal de la Ópera de Astaná, el Trabajador Honorable de Kazajistán, Baktiyar Adamzhan, actuó con gran éxito en el Teatro dell'Opera di Roma. Interpretó uno de los papeles clave del ballet "La Bayadère" de Ludwig Minkus, el guerrero Solor, en tres funciones los días 4, 6 y 7 de febrero. Su interpretación del papel, que combina virtuosismo técnico con profunda expresividad dramática, fue muy bien recibida por el público italiano.
En una entrevista, Baktiyar Adamzhan habló sobre trabajar en uno de los escenarios más grandes de Europa, los retos profesionales, la colaboración con estrellas del ballet de renombre mundial y lo que significa representar a Kazajistán en un escenario internacional. Actuó en el Teatro dell'Opera di Roma. ¿A qué retos profesionales se enfrentó?
Agradezco sinceramente al público italiano la cálida bienvenida. Es un gran honor para mí actuar en Roma, uno de los centros culturales mundiales, y representar a Kazajistán en un escenario como este. La oportunidad de trabajar con la coreografía de Benjamin Pescia, la estrella de la Ópera de París, y compartir escenario con Yana Salenko y la Compañía de Ópera de Roma representa un alto nivel profesional y una gran responsabilidad. En estos escenarios, uno tiene que demostrar constantemente sus habilidades; no todos están invitados. Un reto adicional fue el poco tiempo de preparación: tuve que aprender rápidamente la actuación e integrarla a la perfección en el trabajo de la compañía. Además, el escenario de la Ópera de Roma cuenta con una de las pistas de patinaje más grandes del mundo, lo que influye significativamente en la técnica interpretativa: los saltos, los giros y la coordinación son diferentes, y es importante que el artista se adapte rápidamente.
Mi experiencia trabajando en diferentes escenarios y con diferentes colaboradores ha forjado mi resiliencia y flexibilidad profesional. A pesar de todas las dificultades, las funciones se mantuvieron a un alto nivel, y para mí, ese es el resultado más importante.
– Esta no es la primera vez que el público italiano te recibe en el Teatro dell'Opera di Roma. ¿Sientes una conexión especial con el público romano?
– El público romano me conoce muy bien; tuve la suerte de actuar aquí en los ballets Notre Dame de Paris y Espartaco. Cada vez, percibo el interés genuino del público y su profunda atención a lo que sucede en el escenario. Esta vez, la reacción del público fue, una vez más, muy cálida: me dieron una ovación de pie. Es especialmente gratificante ver la respuesta no solo dentro del teatro, sino también en redes sociales. Por ejemplo, Gianfranco Giordano escribió que fue "una fuerza impresionante", y un corresponsal de RadioDanza calificó mi actuación de "magnética e impecable".
Estas palabras son, sobre todo, un reconocimiento al trabajo y la responsabilidad con los que subes al escenario. Para mí es importante que el público sienta la energía y el significado que se invierte en el papel.
Trabajaste en la nueva versión de La Bayadère de Benjamin Pesce para la Ópera de Roma. ¿Qué hace que esta producción sea tan especial?
Esta versión se distingue por su estilo sutil y su atención al detalle. Benjamin Pesce mantuvo las bases académicas de Marius Petipa, pero introdujo sus propios acentos y soluciones coreográficas originales. El nuevo adagio del primer acto me pareció particularmente interesante: exige no solo precisión técnica, sino también una serenidad interior especial.
En general, trabajar con nuevas versiones de producciones clásicas siempre enriquece al artista. Amplía el repertorio, permite abordar el material conocido de forma diferente y desarrolla la flexibilidad profesional.
La preparación fue rigurosa: debido a las condiciones meteorológicas, llegué a Roma un día después de lo previsto, así que tuve que dominar todo lo antes posible. Sin embargo, a pesar del tiempo limitado, logramos crear una producción escénica coherente y alcanzar un alto resultado artístico. ¿Qué impresiones te dejó después de las representaciones y qué es lo más importante para ti al trabajar en proyectos internacionales?
Mis impresiones fueron muy cálidas. Fue especialmente valioso recibir grandes elogios del coreógrafo por mi capacidad para reunir profesionalmente todo el material en tan poco tiempo e integrarlo a la perfección en la producción.
Intento trabajar de forma que el director no tenga que repetir comentarios. Creo que la capacidad de comprender el material a la primera es una muestra de respeto tanto para el coreógrafo como para mí como artista.
Cuando vives y trabajas en Kazajistán y actúas en el extranjero, siempre sientes una responsabilidad especial. No solo te representas a ti mismo, sino también a la Ópera de Astaná y al país en su conjunto. Quizás muchos artistas que trabajan con contratos internacionales no tengan este sentimiento. Pero para mí, es crucial subir al escenario con la convicción de que represento a Kazajistán, y no tengo derecho a hacerlo mediocremente. Participar en una función en la Ópera de Roma, uno de los teatros más prestigiosos e históricamente significativos de Europa, confirma mi alto nivel profesional y mi continua demanda en la escena internacional del ballet.
—¿Cuáles son sus planes creativos para el futuro y cómo se perfila su agenda de giras para el futuro próximo? —Mi agenda de gira para este año ya está definida: tengo presentaciones en Japón, Emiratos Árabes Unidos, Australia y varios países más. La expansión geográfica de mis proyectos demuestra el reconocimiento de la escuela de ballet kazaja y su consolidación en la escena cultural global.